Leo hoy en El Mundo la historia de Connor McCreaddie, un chaval británico de 8 años y 89 kilos de peso, y que ilustra (quizás de forma extrema) un problema cada vez más generalizado en nuestras sociedades occidentales: la obesidad infantil.

¿Cómo puede llegar un niño a esa situación? Desde mi experiencia, y no sé qué dirán los expertos, es evidente que hay factores genéticos que influyen: he visto gente que, con los mismos hábitos alimenticios o de vida que yo no cogían un kilo ni obligados, mientras que a mí se me venían encima con más facilidad. Pero sin duda, son los hábitos que uno aprende en casa lo que más influye: la relación que uno tenga con la fruta y la verdura, o con los dulces, o con comer entre horas, o con el deporte… todo eso se aprende de pequeño y, es más, influye en cuál es la evolución posterior de la persona.

Educar a un niño no es sólo darle todos los caprichos, también es ponerle límites. Obviamente, cuando uno llega a la situación de Connor, es que no ha tenido límites (no es un chiste fácil) en toda su vida. Y si además ha tenido modelos de conducta equivocados… pues eso.

Quizás sea una de las motivaciones que tengo para perder peso: ahora que tengo un hijo, me gustaría que él viese en casa unos hábitos cuanto más saludables mejor, que sirvan para que él los tome como referencia. Por la parte de la genética me temo que no podré hacer nada, pero por esta otra sí.

Bueno, es viernes y nos disponemos a ir a casa de los suegros. ¡Peligro alimentario!

Y es que el viaje tiene sus peligros. El primero, el viaje en sí: horarios cambiados, parada a tomar un café “y algo para picar” (¡prohibido!), “qué tarde se nos ha hecho, pillamos un bocata y nos vamos” (habrá que evitarlo).

Y luego la cocina de la suegra: de todo rico, pero cocinado “con fundamento” - bien de aceitito, en general. Además, ese “espíritu suegra” que hace que, cuando ya te has comido tres filetes, todavía diga que “coge algo más, que te veo con hambre”. Y el pan… el pan en casa de mis suegros está buenísimo. Y claro, está ahí, en la mesa, dispuesto para tí…. pellizcas un trocito, y otro… y te acabas comiendo media barra.

Y los desayunos, claro: en mi casa no desayuno nada malo porque no lo hay. Pero allí… que si unos croissants, que si el surtido cuétara, que si las chiquilín con mantequilla….

En fin, eso era antes. Ahora, fuerza de voluntad, una fruta y un vasito de leche. Y en las comidas, las manos atadas a la espalda para no ir a por el pan, raciones prudentes y listo. Y en los viajes, un café como mucho.

…la sensación de pesadez proviene más del sedentarismo espiritual y de la molicie intelectual. Ellas son las causas profundas que originan la percepción de pesadez y la consiguiente displicencia, que a su vez provocan la obesidad.

Adelgazar sólo es posible desde un cambio profundo de actitud, que rompa la espiral viciosa de no moverse por pesar mucho y fatigarse cada vez más hasta la inercia suprema. Una dieta de reducción, además de reglar la alimentación y el ejercicio físico, debe incorporar medidas psíquicas para asegurar el éxito final.

Visto en El Diario Vasco.

Dicen que pesarse a diario no es una buena idea. Primero, porque puede llegar a resultar obsesivo: es mejor centrarse en hábitos saludables que en cómo el cuerpo haya decidido, ese día, tomarse las cosas. Y segundo, porque hay cierta variabilidad en en peso diario que puede no corresponderse con las actitudes del día anterior: por ejemplo, un día comes fenomenal, haces deporte… y resulta que incrementas tu peso! Puede ser frustrante…

En mi caso, además, los pesos de un día para otro pueden ser considerablemente diferentes: hablamos de variaciones de dos kilos y pico entre un día y otro. Y una de dos, o yo soy extremadamente voluble (no sé si eso es posible, quizás dependa de retención de líquidos), o mi báscula no es muy de fiar.

En todo caso, creo que la mejor opción es no tomarse demasiado en serio el peso diario. Hacerlo de forma semanal probablemente sea una mejor alternativa. Y, sobre todo, prestar atención a la evolución a largo plazo: esa sí es la que te dice si estás haciendo las cosas bien o si no.

I think the correlation between being fat and being a blogger is pretty darn close to 1.

O sea, que si eres blogger, eres gordo con casi toda probabilidad :) . Vale, este comentario puede sonar a coña. Pero si pensamos en el tiempo que dedicamos al ordenador (escribiendo y leyendo blogs) y si ese tiempo lo dedicásemos a algo más activo (no creo que se gasten muchas calorías de mover el ratón o aporrear el teclado), probablemente ayudaría.

No te digo nada si además tienes un trabajo de por sí sedentario… pues eso.

Es evidente que no soy original en esto, muchos antes que yo lo han intentado. Ahora, esto de contar un proceso de adelgazamiento en un blog tiene hasta nombre: “Fatblogging“. Pues nada, yo también seré un fatblogger.

Bueno, por fin llegó la hora. Llevo retrasando este momento más de un mes. Todo nació como propósito de año nuevo. Pero mes y medio después, aquí sigue. Así que empecemos por el principio…

Estoy gordo. Bastante. Mucho. 112,4 kg marcaba la báscula esta mañana. Y ni tan mal - estoy en niveles de hace 5 años. No hace mucho la cosa estaba peor, por 117, 118 o hasta 120. Pero aun así, 112 es un montón. Con una altura de 168 cm. me sale un índice de masa corporal de 39,82. Para hacernos una idea, los especialistas dicen que un peso saludable te hace tener un IMC de entre 20 y 25. De 25 a 30 se considera sobre-peso. Por encima de 30, obesidad. Y por encima de 35, obesidad premórbida. En los 40 está el límite de la obesidad mórbida. ¡Dios, qué mal suena!

Hay que acabar con esta situación. O al menos, llevarla al terreno de lo asumible. Por lo menos, no ser testigo pasivo (como hasta ahora) de la degradación. Por estética, por salud, por dar ejemplo a mi hijo, por cultivar mi voluntad, por demostrarme que es posible. ¿Por qué ahora y no antes? Supongo que los años pasan, la conciencia de que sólo tenemos una carrocería se incrementa, y el miedo a dejar este barrio antes de tiempo también. Por una tontería.

¿Y el blog, a qué viene? Pues espero que sea una ayuda. Para mí, el primero: tener un sitio en el que ir contando cómo van las cosas, cómo van evolucionando… espero que me ayude. Forzarme a escribir sobre este problema a menudo me ayudará a tener más conciencia de él. Abrirlo al público también tiene un sentido: una especie de compromiso con los que leen. Ya no es una cosa mía y de mi conciencia, sino que hay testigos, que espero me fuercen a mejorar.

¿Objetivos? En un mes cumplo 31 años. Me gustaría dejar atrás la barrera de los 110 kg. para entonces. A medio plazo, mi objetivo es empezar el 2008 con un peso de dos cifras en vez de tres. O sea, bajar de 100 kg. A largo plazo, dejar de ser “obeso” y, simplemente, tener “sobrepeso”. Eso significa alcanzar 84,5 kg. Si llego a eso, ¿quién sabe? quizás me plantee eliminar el sobrepeso y ser, simplemente, “normal”. Pero eso significan 70 Kg., casi 43 kilos por debajo de lo actual :) . Es un largo camino.

Pero como decía el proverbio, “hasta el camino más largo empieza con un primer paso”. Pues vamos con ello

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