Ya comenté al inicio del blog que me había planteado dos objetivos, uno a corto y otro a medio plazo. El de corto era situarme en 110 kilos en la fecha de mi 31 cumpleaños. Pues bien, el día fué ayer. Y, aunque la foto es en realidad de hoy… ahí están.

báscula

La sensación es un poco rara. Por un lado, cierta satisfacción “numérica”. Por otro lado, la sensación de que tampoco estos días han sido especialmente buenos en cuanto a llevar unos hábitos adecuados, es decir, que con un mayor esfuerzo podría haber conseguido mejores resultados.

Pero bueno, todo es empezar. Ahora vamos a por el objetivo a medio plazo, que es dejar atrás los 100 kilos para final de año. ¡Ahí vamos!

Llevo unos cuantos días descontrolado. El motivo (o la excusa, luego lo vemos) es que estoy de mudanza. Y esto tiene dos vertientes. Por un lado, nerviosismo (que todo vaya bien, que no me olvide de nada, que…) y por otro incertidumbre (¿nos irá bien en nuestro nuevo destino? ¿y si las cosas salen mal?). En definitiva, ansiedad. Y creo que la ansiedad es para mí un factor detonante del ansia de comer: estoy nervioso = como algo. Y claro, “algo” no es una manzana o una mandarina, sino lo que se pilla…

Y además, una mudanza como la que estamos haciendo supone, durante unos días, perder completamente los hábitos y las rutinas: viajes (he viajado 5 de los últimos 7 días), “no tenemos nada en la nevera, bajemos a comer cualquier cosa al bar”, “tomemos un bocata rápido y así no deshacemos cajas”, “y dónde se compra la fruta aquí”… Y yo soy hombre de rutinas. Si incorporo algo a mi rutina, no hay problema - lo hago sin pensar. Pero si me muevo fuera de la rutina… me cuesta comer fruta, me cuesta no “picar entre horas”, etc.

En fin, no sé si la báscula ha salido ya de las cajas. De todas formas, dejaré pasar un par de días para que las rutinas vuelvan a su cauce antes de pesarme… por si las moscas.

El Mundo ha realizado un encuentro online con Ascensión Marcos, experta en nutrición, que ha hablado sobre la obesidad en adolescentes.

La verdad es que nada que no sepamos: la fruta y la verdura son nuestras amigas, la vida sedentaria es una enemiga de la salud, la bollería industrial, las chucherías o la comida rápida son como el coco.

Cosas ya sabidas. Cada vez tengo más la sensación de que la obesidad, teniendo un efecto físico evidente, es un problema psicológico. Porque la lección ya nos la sabemos. El problema es llevarlo a la práctica.

Ya imaginaba, cuando abrí este blog, que en algún momento aparecería algún descerebrado a dejar sus comentarios desagradables. La temática se presta, es casi un lugar común lo de meterse con los gordos. Pues bueno, ya están aquí. Cosas del estilo “Afortunadamente y en tu caso los infartos prematuros existen, jodido zampabollos.”, “Eres un gordales y lo sabes, tu apezonada figura te avergüenza. Tu vida se resume en comer y cagar.” o “Los gusanos del féretro se darán un buen festival con tus sinuosas curvas de panceta.”.

Pero no por esperados son menos desagradables. Mi primera reacción ha sido borrar los comentarios. Ahora no sé si es una buena idea o no. Quizás sea darles demasiada importancia…

De todas formas, ¡qué leches! El blog es mío y no me apetece que se lean en él cosas así de desagradables. Aquí las críticas son aceptadas, no busco la “aclamación general”, pero las salidas de tono no.

Así que cualquier comentario de ese estilo se va a ir por la tapa del spam. Si veis cosas así que se me hayan pasado, me avisais.

Bueno, pues ya pasó el riesgo del fin de semana. Ni frío ni calor. He hecho cosas mejor de lo que venía haciéndolas en otras visitas similares, pero creo que no se puede calificar de éxito. Del 0 al 10, diría que un 4. Es mejor que 0, pero sigues sin aprobar.

Veamos.

  • El viaje de ida, el viernes por la tarde, incluyó casi un litro de cocacola (lata de 33cl + botella de 0,5 l). Había dormido poco la noche anterior y necesitaba cafeína para conducir. Mal, aunque justificado.
  • En el camino, mi mujer compró galletas de chocolate. Fuí capaz de comer sólo una. Bien por mí (lo normal hubiese sido comer medio paquete).
  • Al llegar a destino, a eso de las 9 de la noche, asalté la caja de galletas y comí cuatro galletas Chiquilín. Muy mal. De hecho, cuando las estaba cogiendo, me dije “no deberías hacer esto”. Pero lo acabé haciendo. Así que mal por las galletas consumidas, y peor aún por ser incapaz de contenerme aun siendo consciente de que no debía hacerlo.
  • Por motivos que no vienen al caso, la hora de la cena se retrasó hasta las 11:00 y no había cena preparada, así que nuestros anfitriones sugirieron la típica solución de urgencia: pizza. Hice el propósito de comer alguna ración menos de las que “tocaban” (media mediana) pero, de nuevo, fuí incapaz. El hecho de comer pizza fué más o menos inevitable, pero lo de no dejar alguna ración sí fué evitable.
  • El sábado a la mañana, desayuno. Manzana y zumo. ¡Muy bien! Sobre todo comparado con el habitual despliegue de galletas Chiquilín y Surtido Cuétara que suelen poner éstos para el desayuno, y ante el que no solía reprimirme. Así que estupendo. Al final acabé cogiendo una galletita, pero ni tan mal.
  • En la comida, judías verdes y ternera, con un poco de jamón de aperitivo. Estuve comedido (creo), sobre todo con el pan que es mi perdición. Intenté al menos ser consciente de “voy a intentar hacer durar este trozo toda la comida”. De postre, fresas con yogur. Aceptable.
  • En la cena, de nuevo con los cuñados… burritos. Esta vez sí conseguí frenarme y, aprovechando que había pocas existencias, renuncié al segundo burrito (lo habitual es comer dos), si bien es cierto que había también patatas fritas…. Pero bueno, mientras todo el mundo comía dos burritos y patatas, yo solo uno y patatas. Sé que puede sonar a chiste, y que a dónde pretendo ir con semejante “demostración”, pero la verdad es que obligarme a ser el que menos coma es una novedad, y al menos es un ejercicio consciente de voluntad.
  • Domigo, desayuno… bueno, un zumo y un par de galletas. Lo cierto es que me levanté tarde y ya no era momento de desayunar.
  • Y la comida… paella. De nuevo, procuré moderarme con la ración y sobre todo con el pan. Creo que lo conseguí sólo a medias. De nuevo fruta de postre.
  • Y ya nada, viaje de vuelta (sin ingerir nada). A la cena, tupper de la suegra: pechugas albardadas con cebolla. Fué el fin de fiesta, pero no había nada más en casa, así que no hubo más historia.

Realmente, releyéndolo me queda una peor impresión de la que traía. Para los que lo leen, puede resultar hasta risible; “sólo” he comido media pizza, un burrito, paella, filetón, galletas, casi un litro de cocacola… muy de perder kilos, vamos. Olvidémonos del 4 que me puse antes. Dejémoslo en un 2. Por eso de que sí he comido menos de lo que hubiera comido un fin de semana “de antes” y de que he hecho un par de ejercicios de voluntad. Pero por lo demás… muy deficiente.

Y para el próximo, a casa de mis padres. Otra prueba de fuego. Aunque mi madre, que lee el blog, ya me ha prometido una “exquisita comida ligerita”. Pero la comida de mi madre no es lo que me da más miedo, sino los rincones de su cocina (llenos de tentaciones) y los amigotes y sus cañas. Pero bueno, ¡a por ellos!

Leo hoy en El Mundo la historia de Connor McCreaddie, un chaval británico de 8 años y 89 kilos de peso, y que ilustra (quizás de forma extrema) un problema cada vez más generalizado en nuestras sociedades occidentales: la obesidad infantil.

¿Cómo puede llegar un niño a esa situación? Desde mi experiencia, y no sé qué dirán los expertos, es evidente que hay factores genéticos que influyen: he visto gente que, con los mismos hábitos alimenticios o de vida que yo no cogían un kilo ni obligados, mientras que a mí se me venían encima con más facilidad. Pero sin duda, son los hábitos que uno aprende en casa lo que más influye: la relación que uno tenga con la fruta y la verdura, o con los dulces, o con comer entre horas, o con el deporte… todo eso se aprende de pequeño y, es más, influye en cuál es la evolución posterior de la persona.

Educar a un niño no es sólo darle todos los caprichos, también es ponerle límites. Obviamente, cuando uno llega a la situación de Connor, es que no ha tenido límites (no es un chiste fácil) en toda su vida. Y si además ha tenido modelos de conducta equivocados… pues eso.

Quizás sea una de las motivaciones que tengo para perder peso: ahora que tengo un hijo, me gustaría que él viese en casa unos hábitos cuanto más saludables mejor, que sirvan para que él los tome como referencia. Por la parte de la genética me temo que no podré hacer nada, pero por esta otra sí.

Bueno, es viernes y nos disponemos a ir a casa de los suegros. ¡Peligro alimentario!

Y es que el viaje tiene sus peligros. El primero, el viaje en sí: horarios cambiados, parada a tomar un café “y algo para picar” (¡prohibido!), “qué tarde se nos ha hecho, pillamos un bocata y nos vamos” (habrá que evitarlo).

Y luego la cocina de la suegra: de todo rico, pero cocinado “con fundamento” - bien de aceitito, en general. Además, ese “espíritu suegra” que hace que, cuando ya te has comido tres filetes, todavía diga que “coge algo más, que te veo con hambre”. Y el pan… el pan en casa de mis suegros está buenísimo. Y claro, está ahí, en la mesa, dispuesto para tí…. pellizcas un trocito, y otro… y te acabas comiendo media barra.

Y los desayunos, claro: en mi casa no desayuno nada malo porque no lo hay. Pero allí… que si unos croissants, que si el surtido cuétara, que si las chiquilín con mantequilla….

En fin, eso era antes. Ahora, fuerza de voluntad, una fruta y un vasito de leche. Y en las comidas, las manos atadas a la espalda para no ir a por el pan, raciones prudentes y listo. Y en los viajes, un café como mucho.

…la sensación de pesadez proviene más del sedentarismo espiritual y de la molicie intelectual. Ellas son las causas profundas que originan la percepción de pesadez y la consiguiente displicencia, que a su vez provocan la obesidad.

Adelgazar sólo es posible desde un cambio profundo de actitud, que rompa la espiral viciosa de no moverse por pesar mucho y fatigarse cada vez más hasta la inercia suprema. Una dieta de reducción, además de reglar la alimentación y el ejercicio físico, debe incorporar medidas psíquicas para asegurar el éxito final.

Visto en El Diario Vasco.

Dicen que pesarse a diario no es una buena idea. Primero, porque puede llegar a resultar obsesivo: es mejor centrarse en hábitos saludables que en cómo el cuerpo haya decidido, ese día, tomarse las cosas. Y segundo, porque hay cierta variabilidad en en peso diario que puede no corresponderse con las actitudes del día anterior: por ejemplo, un día comes fenomenal, haces deporte… y resulta que incrementas tu peso! Puede ser frustrante…

En mi caso, además, los pesos de un día para otro pueden ser considerablemente diferentes: hablamos de variaciones de dos kilos y pico entre un día y otro. Y una de dos, o yo soy extremadamente voluble (no sé si eso es posible, quizás dependa de retención de líquidos), o mi báscula no es muy de fiar.

En todo caso, creo que la mejor opción es no tomarse demasiado en serio el peso diario. Hacerlo de forma semanal probablemente sea una mejor alternativa. Y, sobre todo, prestar atención a la evolución a largo plazo: esa sí es la que te dice si estás haciendo las cosas bien o si no.

I think the correlation between being fat and being a blogger is pretty darn close to 1.

O sea, que si eres blogger, eres gordo con casi toda probabilidad :) . Vale, este comentario puede sonar a coña. Pero si pensamos en el tiempo que dedicamos al ordenador (escribiendo y leyendo blogs) y si ese tiempo lo dedicásemos a algo más activo (no creo que se gasten muchas calorías de mover el ratón o aporrear el teclado), probablemente ayudaría.

No te digo nada si además tienes un trabajo de por sí sedentario… pues eso.

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