Las palabras y las promesas se las lleva el viento. Aunque estén escritas en un blog.
¿Qué ha pasado durante estos meses? Básicamente, lo de siempre. Este ciclo de “ahora sí, a por ello” - pequeñas victorias - relajación - vuelta la burra al trigo es algo que se ha repetido creo que desde siempre. Y esta vez no ha sido diferente. Y el blog, que quería ser una herramienta de motivación, se convirtió en un testigo impertinente. Y como sucede en las dictaduras, a los testigos impertinentes se les elimina. Eso es, supongo, lo que le ha pasado a este blog en los últimos meses.
Así que aquí estamos, peor que al principio. Y de nuevo con la intención de que esta vez sea “la definitiva”. Pero son ya tantas veces… que no soy muy optimista. Pero bueno, el camino es largo y hay que empezar a andarlo.
Una de las cosas que siempre, desde que tengo uso de razón, me han dicho es que mastico poco y mal. “Tragas como los pavos”, decía mi abuelo. Y es verdad. Institivamente, mastico poco los alimentos: en cuanto están “tragables” (es decir, caben por la garganta) los trago.
Masticar bien tiene varias implicaciones importantes. Lo primero, es que si el alimento está bien desmenuzado, se facilita el proceso de digestión. Efectivamente, el tiempo necesario para que los jugos gástricos digieran pedazos pequeños es menor que si son pedazos grandes, lo que facilita digestiones más ligeras y una absorción más sencilla de los componentes nutritivos.
Por otra parte, una adecuada masticación permite que la saliva empiece a hacer su trabajo de predigestión, redundando en la anterior.
Y finalmente, una masticación en condiciones permite que el tiempo de la comida se alargue, lo cual facilita que la señal de saciamiento pueda llegar al cerebro en el momento oportuno. Si comemos muy rápido, podemos llegar a comer más de lo que necesitamos sin que el organismo haya tenido tiempo de enviarle al cerebro el mensaje de “ya basta”.
Así que durante estos días estoy intentando conscientemente masticar mejor. Es un poco rollo, porque se trata de contar al menos hasta 50 masticaciones de cada bocado, y contar hasta cincuenta una y otra vez… pero sé que si no lo hago conscientemente, mi instinto me lleva a tragar enseguida, y eso es lo que estoy tratando de evitar.
Bueno, pues se ha pasado prácticamente un mes sin volver a decir ni pío por aquí… ¿motivos o excusas? Lo cierto es que la inminencia de las vacaciones de semana santa hizo que relajase un poco mis costumbres… relax que llegó al máximo durante dichas vacaciones. Y es que a pesar de los esfuerzos de mi madre por poner comida sana, lo cierto es que el ambiente relajado de las vacaciones no ayuda demasiado: que si unas cañitas por aquí, que si una comida con amigos por allá, que si ya que estamos al borde del mar nos tomamos unas rabitas… en fin, eso, vida relajada.
Al volver, la báscula no hizo sino confirmar lo que la vista y el tacto ya permitían augurar: como si se tratase del juego de la oca, había caído en “la muerte” y me tocaba volver a la salida - casi al mismo peso con el que empecé este blog.
Estas dos semanas las he pasado recuperando lo desandado. Sin muchas estridencias, simplemente tratando de llevar una rutina un poco más ordenada. Eso ha sido suficiente para devolverme a la frontera de los 110 que alcancé hace un mes. Así que es momento de retomar los buenos propósitos y reiniciar los esfuerzos medianamente serios por esta mi lucha.

No es excusa, lo sé. Pero bueno, le he dado un nuevo diseño al sitio. En cuanto a lo de llevar un mes sin escribir, mañana lo cuento que es muy tarde. Aunque como es fácil de imaginar, tiene que ver con el “escaqueo” de quien no ha hecho correctamente los deberes. Pero bueno, eso, mañana.
Supongo que es algo que he hecho toda la vida. Últimamente soy más consciente de ello, pero aun así todavía no lo he podido controlar. Se trata de esos “ataques” que me dan de vez en cuando y que me llevan a comer cosas “malas” sin venir a cuento. De repente, te ves en la cocina abriendo el armario donde están guardadas las magdalenas. O te encuentras en un restaurante cogiendo el tercer pedazo de pan. O en la estación de servicio comprando (a precio de oro además) unas galletas.
Y mientras estás a punto de hacerlo, se te pasa por la cabeza el pensamiento de “esto ni te viene a bien, ni viene a cuento”. Y aun así, con la consciencia de que no debes hacerlo, lo haces.
Nunca he llegado al punto bulímico de provocarme un vómito para echar lo que he comido, y supongo que a estas alturas de la vida no lo voy a hacer. Pero la sensación de derrota que se me queda… No es sólo que hagas algo “malo”, lo peor de todo es que no has sido capaz de dominar tu voluntad, de tener el control, de decir “no, quieto parao, deja eso donde lo has cogido”.
Me gustaría poder controlarlo. Tengo que buscar la fórmula, que supongo que pasa por definir las causas… supongo que ayudaría, cada vez que uno tiene esos ataques, el tomar nota de la situación: ¿por qué lo haces?.
Ya comenté al inicio del blog que me había planteado dos objetivos, uno a corto y otro a medio plazo. El de corto era situarme en 110 kilos en la fecha de mi 31 cumpleaños. Pues bien, el día fué ayer. Y, aunque la foto es en realidad de hoy… ahí están.

La sensación es un poco rara. Por un lado, cierta satisfacción “numérica”. Por otro lado, la sensación de que tampoco estos días han sido especialmente buenos en cuanto a llevar unos hábitos adecuados, es decir, que con un mayor esfuerzo podría haber conseguido mejores resultados.
Pero bueno, todo es empezar. Ahora vamos a por el objetivo a medio plazo, que es dejar atrás los 100 kilos para final de año. ¡Ahí vamos!
Llevo unos cuantos días descontrolado. El motivo (o la excusa, luego lo vemos) es que estoy de mudanza. Y esto tiene dos vertientes. Por un lado, nerviosismo (que todo vaya bien, que no me olvide de nada, que…) y por otro incertidumbre (¿nos irá bien en nuestro nuevo destino? ¿y si las cosas salen mal?). En definitiva, ansiedad. Y creo que la ansiedad es para mí un factor detonante del ansia de comer: estoy nervioso = como algo. Y claro, “algo” no es una manzana o una mandarina, sino lo que se pilla…
Y además, una mudanza como la que estamos haciendo supone, durante unos días, perder completamente los hábitos y las rutinas: viajes (he viajado 5 de los últimos 7 días), “no tenemos nada en la nevera, bajemos a comer cualquier cosa al bar”, “tomemos un bocata rápido y así no deshacemos cajas”, “y dónde se compra la fruta aquí”… Y yo soy hombre de rutinas. Si incorporo algo a mi rutina, no hay problema - lo hago sin pensar. Pero si me muevo fuera de la rutina… me cuesta comer fruta, me cuesta no “picar entre horas”, etc.
En fin, no sé si la báscula ha salido ya de las cajas. De todas formas, dejaré pasar un par de días para que las rutinas vuelvan a su cauce antes de pesarme… por si las moscas.
El Mundo ha realizado un encuentro online con Ascensión Marcos, experta en nutrición, que ha hablado sobre la obesidad en adolescentes.
La verdad es que nada que no sepamos: la fruta y la verdura son nuestras amigas, la vida sedentaria es una enemiga de la salud, la bollería industrial, las chucherías o la comida rápida son como el coco.
Cosas ya sabidas. Cada vez tengo más la sensación de que la obesidad, teniendo un efecto físico evidente, es un problema psicológico. Porque la lección ya nos la sabemos. El problema es llevarlo a la práctica.
Ya imaginaba, cuando abrí este blog, que en algún momento aparecería algún descerebrado a dejar sus comentarios desagradables. La temática se presta, es casi un lugar común lo de meterse con los gordos. Pues bueno, ya están aquí. Cosas del estilo “Afortunadamente y en tu caso los infartos prematuros existen, jodido zampabollos.”, “Eres un gordales y lo sabes, tu apezonada figura te avergüenza. Tu vida se resume en comer y cagar.” o “Los gusanos del féretro se darán un buen festival con tus sinuosas curvas de panceta.”.
Pero no por esperados son menos desagradables. Mi primera reacción ha sido borrar los comentarios. Ahora no sé si es una buena idea o no. Quizás sea darles demasiada importancia…
De todas formas, ¡qué leches! El blog es mío y no me apetece que se lean en él cosas así de desagradables. Aquí las críticas son aceptadas, no busco la “aclamación general”, pero las salidas de tono no.
Así que cualquier comentario de ese estilo se va a ir por la tapa del spam. Si veis cosas así que se me hayan pasado, me avisais.
Bueno, pues ya pasó el riesgo del fin de semana. Ni frío ni calor. He hecho cosas mejor de lo que venía haciéndolas en otras visitas similares, pero creo que no se puede calificar de éxito. Del 0 al 10, diría que un 4. Es mejor que 0, pero sigues sin aprobar.
Veamos.
- El viaje de ida, el viernes por la tarde, incluyó casi un litro de cocacola (lata de 33cl + botella de 0,5 l). Había dormido poco la noche anterior y necesitaba cafeína para conducir. Mal, aunque justificado.
- En el camino, mi mujer compró galletas de chocolate. Fuí capaz de comer sólo una. Bien por mí (lo normal hubiese sido comer medio paquete).
- Al llegar a destino, a eso de las 9 de la noche, asalté la caja de galletas y comí cuatro galletas Chiquilín. Muy mal. De hecho, cuando las estaba cogiendo, me dije “no deberías hacer esto”. Pero lo acabé haciendo. Así que mal por las galletas consumidas, y peor aún por ser incapaz de contenerme aun siendo consciente de que no debía hacerlo.
- Por motivos que no vienen al caso, la hora de la cena se retrasó hasta las 11:00 y no había cena preparada, así que nuestros anfitriones sugirieron la típica solución de urgencia: pizza. Hice el propósito de comer alguna ración menos de las que “tocaban” (media mediana) pero, de nuevo, fuí incapaz. El hecho de comer pizza fué más o menos inevitable, pero lo de no dejar alguna ración sí fué evitable.
- El sábado a la mañana, desayuno. Manzana y zumo. ¡Muy bien! Sobre todo comparado con el habitual despliegue de galletas Chiquilín y Surtido Cuétara que suelen poner éstos para el desayuno, y ante el que no solía reprimirme. Así que estupendo. Al final acabé cogiendo una galletita, pero ni tan mal.
- En la comida, judías verdes y ternera, con un poco de jamón de aperitivo. Estuve comedido (creo), sobre todo con el pan que es mi perdición. Intenté al menos ser consciente de “voy a intentar hacer durar este trozo toda la comida”. De postre, fresas con yogur. Aceptable.
- En la cena, de nuevo con los cuñados… burritos. Esta vez sí conseguí frenarme y, aprovechando que había pocas existencias, renuncié al segundo burrito (lo habitual es comer dos), si bien es cierto que había también patatas fritas…. Pero bueno, mientras todo el mundo comía dos burritos y patatas, yo solo uno y patatas. Sé que puede sonar a chiste, y que a dónde pretendo ir con semejante “demostración”, pero la verdad es que obligarme a ser el que menos coma es una novedad, y al menos es un ejercicio consciente de voluntad.
- Domigo, desayuno… bueno, un zumo y un par de galletas. Lo cierto es que me levanté tarde y ya no era momento de desayunar.
- Y la comida… paella. De nuevo, procuré moderarme con la ración y sobre todo con el pan. Creo que lo conseguí sólo a medias. De nuevo fruta de postre.
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Y ya nada, viaje de vuelta (sin ingerir nada). A la cena, tupper de la suegra: pechugas albardadas con cebolla. Fué el fin de fiesta, pero no había nada más en casa, así que no hubo más historia.
Realmente, releyéndolo me queda una peor impresión de la que traía. Para los que lo leen, puede resultar hasta risible; “sólo” he comido media pizza, un burrito, paella, filetón, galletas, casi un litro de cocacola… muy de perder kilos, vamos. Olvidémonos del 4 que me puse antes. Dejémoslo en un 2. Por eso de que sí he comido menos de lo que hubiera comido un fin de semana “de antes” y de que he hecho un par de ejercicios de voluntad. Pero por lo demás… muy deficiente.
Y para el próximo, a casa de mis padres. Otra prueba de fuego. Aunque mi madre, que lee el blog, ya me ha prometido una “exquisita comida ligerita”. Pero la comida de mi madre no es lo que me da más miedo, sino los rincones de su cocina (llenos de tentaciones) y los amigotes y sus cañas. Pero bueno, ¡a por ellos!




