PanBueno, el título del post no hace justicia… me ENCANTA el pan. Siempre he pensado que es curioso como un producto tan básico puede gustarme tanto. Soy de los que pellizca segun trae las barras a casa, de los que repite pan en los restaurantes… esa corteza, esa miga. Y ese olor a panadería… en fin, que soy “panero”. Lo cual es un inconveniente, claro, si lo que pretende uno es perder kilos. Tanto hidrato de carbono no es bueno. El problema, imagino, no es comer pan, sino el no tener capacidad para autolimitarse el pan.

La primera medida (que lleva en vigor desde hace muchos años) es, directamente, no comprar pan. Para el día a día, en mi casa no se va a la panadería. Porque sé que, si hay pan en casa, me lo como. Así que mejor no tenerlo tentándome.

Aunque no hemos conseguido erradicar todo el pan. Compramos panecillos tostados integrales para acompañar las comidas que, obviamente, no son lo mismo que una barra de pan blanco pero que también tienen lo suyo. Y luego siempre suele haber pan de molde (que si las tostadas de mi mujer, que si el sandwich del niño…). Normalmente yo no lo meto en mi dieta diaria, pero a veces sucumbo a la tentación de coger una rebanada porque sí, a deshoras y sin venir a cuento. Me gustaría que no hubiese un paquete en el armario, pero no vivo solo. Así que tengo que fortalecer mi voluntad para evitar esas caidas

Todos coinciden en afirmar que, de cara a perder peso, es fundamental realizar actividad física. El sedentarismo de hoy en día hace que, si nos damos cuenta, el consumo de calorías por desgaste físico sea muy limitado.

También es un lugar común el hecho de que un método estupendo de empezar a desarrollar esa actividad física es, simplemente, caminando. No hay nada más sencillo ni más a mano para todo el mundo. La cuestión es tomárselo en serio y establecer unas rutinas que, sin darnos cuenta, incrementen el tiempo dedicado a actividad física de una forma recurrente.

Así que yo me he propuesto que todos los días, después de comer, cuando el sopor me empiece a invadir, en vez de dejarme vencer por la pereza me voy a poner una camiseta y unas zapatillas y voy a salir a caminar. Ayer ya lo hice (1,9 km) y hoy he vuelto a repetir (3,9 km.). La cuestión es coger ritmo y olvidarse de que uno está haciendo ejercicio.

Yo me he puesto los auriculares y he ido escuchando un podcast que me había descargado hace ya tiempo. Cuarenta y algún minutos que ha durado el podcast, y eso es lo que me ha durado el paseo. Ahora, el sopor se me ha pasado y algo de ejercicio a la buchaca.

Esa es la búsqueda que alguien hacía en Google. “Perder peso comiendo de todo”. Sigue habiendo gente que busca el milagro: a ver si existe algo que me permita seguir haciendo mi vida igual y, en vez de engordar, adelgazo. No creo que exista ningún milagro.

Adelgazar es una cuestión “simple”. Es cuestión de cambiar hábitos. De moderar la cantidad de comida, de seleccionar los alimentos y de incluir más actividad física. La receta, como digo, es sencilla. La dificultad estriba en poner esa sencilla receta en práctica. A algunos, con un metabolismo más lento, les costará más perder peso. A otros les irá más rápido. Pero la ecuación es simple: comer mejor y hacer más ejercicio. Milagros, los justos.

DespensaUno de mis grandes problemas son los ataques de comer compulsivamente. Sin saber muy bien por qué, uno hace algo que no debe, con dos resultados perjudiciales: uno, la comida que ingiere y que no debía. Y dos, la culpabilidad por ser consciente de no haber sido capaz de controlarse.

Si uno pasa mucho tiempo en casa, una solución es plantear una barrera defensiva, una especie de cortafuegos, a la altura de la despensa o de la nevera. Mi problema es que, si hay galletas en casa, acabo comiendo las galletas. En general, si hay cualquier cosa que no deba comer (dulces, aperitivos, etc…), acabo comiéndomelo. Así que la solución está en no dejar nunca que haya ese tipo de cosas. Desde luego, no comprarlas uno mismo. En la medida de lo posible, rechazar obsequios relacionados con la comida. Y, en el colmo del derroche, si finalmente se cuela algo pernicioso en casa que sabemos que nos va a tentar antes o después, ser capaces de tirarlo a la basura. Mejor ahí que comido.

Lo importante es que, si en un momento dado nos entra la ansiedad por comer algo, vayamos a la nevera o a la despensa… y no encontremos nada con que saciarla. Quizás acabemos bebiendo medio litro de agua. O comiendo fruta. O subiéndonos por las paredes. Pero si no lo encontramos a la primera, muy fuerte tiene que ser el ataque como para que nos oblige a irnos a una tienda a comprar cualquier cosa. Así que con este cortafuegos libramos un porcentaje importante de las oportunidades.

Por supuesto, la mejor opción sería tener la fuerza de voluntad como para controlarse y poder convivir con esos productos en casa. Pero partimos de la base de que eso no es posible…

Únicamente hay un problema, y es cuando uno no vive solo sino que convive con otra persona que no está sometida a las mismas restricciones… entonces la cosa es más difícil. Pero se puede lograr.

PizzaLa pizza marca un hito negativo en una dieta. Me explico, que parece que digo una obviedad. Cuando decides que vas a intentar comer bien, uno de los pasos fundamentales es cocinar tú mismo. A veces más sano, a veces un poco menos… pero mientras cocines tú, en casa, con carne, verduras, pescado… que tú compras, cortas y cocinas, controlando si echas más o menos sal o más o menos aceite, puedes tener la sensación de que no estás “pecando”. Sin embargo, indefectiblemente, llega un día en el que estás cansado, no te apetece cocinar. O estás hasta las narices por algo, y tampoco te apetece comer una triste tortilla o unas verduras salteadas. Te comerías una pizza. Es tan fácil… llamas, y al rato te traen una cajita que oculta una masa crujiente recubierta de queso y algún que otro ingrediente para despistar. Es sólo llamar, pagar, y comer. Una tentación difícil de superar. Simplemente levantar el teléfono…

Hoy hemos estado a punto de caer. Estábamos los dos sin mucha energía, sin cena programada. Hacía ya tiempo que no pedíamos nada. Normalmente si uno es débil, el otro le sostiene. Pero hoy los dos estábamos débiles… y sin embargo, lo hemos logrado. No hemos comido pizza. La alternativa tampoco ha sido óptima (unos morunos a la plancha), pero se ha movido en el terreno de lo “cocinado en casa”. Minipunto para nosotros!

PD.- Es en situaciones como ésta donde uno tiene la sensación de ser un poco “yonki” de la comida… nunca he sido adicto a nada (tabaco, alcohol, drogas) pero según lo ponen en la tele, la tentación de abandonarse a una copa, un pitillo o una raya debe ser similar a la que yo pueda tener con la comida. “Total, por una vez”…

PD2.- Me doy cuenta que puede sonar un poco patético el sentirse “bien” por “no haber comido pizza”. Para ese viaje no hacen falta alforjas, dirá alguien. Bueno, son pequeñas victorias. Quizás a base de esas victorias se pueda cimentar una victoria mayor.

Las palabras y las promesas se las lleva el viento. Aunque estén escritas en un blog.

¿Qué ha pasado durante estos meses? Básicamente, lo de siempre. Este ciclo de “ahora sí, a por ello” - pequeñas victorias - relajación - vuelta la burra al trigo es algo que se ha repetido creo que desde siempre. Y esta vez no ha sido diferente. Y el blog, que quería ser una herramienta de motivación, se convirtió en un testigo impertinente. Y como sucede en las dictaduras, a los testigos impertinentes se les elimina. Eso es, supongo, lo que le ha pasado a este blog en los últimos meses.

Así que aquí estamos, peor que al principio. Y de nuevo con la intención de que esta vez sea “la definitiva”. Pero son ya tantas veces… que no soy muy optimista. Pero bueno, el camino es largo y hay que empezar a andarlo.

dentaduraUna de las cosas que siempre, desde que tengo uso de razón, me han dicho es que mastico poco y mal. “Tragas como los pavos”, decía mi abuelo. Y es verdad. Institivamente, mastico poco los alimentos: en cuanto están “tragables” (es decir, caben por la garganta) los trago.

Masticar bien tiene varias implicaciones importantes. Lo primero, es que si el alimento está bien desmenuzado, se facilita el proceso de digestión. Efectivamente, el tiempo necesario para que los jugos gástricos digieran pedazos pequeños es menor que si son pedazos grandes, lo que facilita digestiones más ligeras y una absorción más sencilla de los componentes nutritivos.

Por otra parte, una adecuada masticación permite que la saliva empiece a hacer su trabajo de predigestión, redundando en la anterior.

Y finalmente, una masticación en condiciones permite que el tiempo de la comida se alargue, lo cual facilita que la señal de saciamiento pueda llegar al cerebro en el momento oportuno. Si comemos muy rápido, podemos llegar a comer más de lo que necesitamos sin que el organismo haya tenido tiempo de enviarle al cerebro el mensaje de “ya basta”.

Así que durante estos días estoy intentando conscientemente masticar mejor. Es un poco rollo, porque se trata de contar al menos hasta 50 masticaciones de cada bocado, y contar hasta cincuenta una y otra vez… pero sé que si no lo hago conscientemente, mi instinto me lleva a tragar enseguida, y eso es lo que estoy tratando de evitar.

Bueno, pues se ha pasado prácticamente un mes sin volver a decir ni pío por aquí… ¿motivos o excusas? Lo cierto es que la inminencia de las vacaciones de semana santa hizo que relajase un poco mis costumbres… relax que llegó al máximo durante dichas vacaciones. Y es que a pesar de los esfuerzos de mi madre por poner comida sana, lo cierto es que el ambiente relajado de las vacaciones no ayuda demasiado: que si unas cañitas por aquí, que si una comida con amigos por allá, que si ya que estamos al borde del mar nos tomamos unas rabitas… en fin, eso, vida relajada.

Al volver, la báscula no hizo sino confirmar lo que la vista y el tacto ya permitían augurar: como si se tratase del juego de la oca, había caído en “la muerte” y me tocaba volver a la salida - casi al mismo peso con el que empecé este blog.

Estas dos semanas las he pasado recuperando lo desandado. Sin muchas estridencias, simplemente tratando de llevar una rutina un poco más ordenada. Eso ha sido suficiente para devolverme a la frontera de los 110 que alcancé hace un mes. Así que es momento de retomar los buenos propósitos y reiniciar los esfuerzos medianamente serios por esta mi lucha.

Adios a los kilos

No es excusa, lo sé. Pero bueno, le he dado un nuevo diseño al sitio. En cuanto a lo de llevar un mes sin escribir, mañana lo cuento que es muy tarde. Aunque como es fácil de imaginar, tiene que ver con el “escaqueo” de quien no ha hecho correctamente los deberes. Pero bueno, eso, mañana.

Supongo que es algo que he hecho toda la vida. Últimamente soy más consciente de ello, pero aun así todavía no lo he podido controlar. Se trata de esos “ataques” que me dan de vez en cuando y que me llevan a comer cosas “malas” sin venir a cuento. De repente, te ves en la cocina abriendo el armario donde están guardadas las magdalenas. O te encuentras en un restaurante cogiendo el tercer pedazo de pan. O en la estación de servicio comprando (a precio de oro además) unas galletas.

Y mientras estás a punto de hacerlo, se te pasa por la cabeza el pensamiento de “esto ni te viene a bien, ni viene a cuento”. Y aun así, con la consciencia de que no debes hacerlo, lo haces.

Nunca he llegado al punto bulímico de provocarme un vómito para echar lo que he comido, y supongo que a estas alturas de la vida no lo voy a hacer. Pero la sensación de derrota que se me queda… No es sólo que hagas algo “malo”, lo peor de todo es que no has sido capaz de dominar tu voluntad, de tener el control, de decir “no, quieto parao, deja eso donde lo has cogido”.

Me gustaría poder controlarlo. Tengo que buscar la fórmula, que supongo que pasa por definir las causas… supongo que ayudaría, cada vez que uno tiene esos ataques, el tomar nota de la situación: ¿por qué lo haces?.