Después de unos días en la playa, con cámaras de por medio… llega el momento de ver las fotos. Y ahí se da uno de bruces con la cruda realidad. Porque durante el resto del año, vestido de pies a cabeza, como que se disimula. Uno elige la ropa que le sienta más o menos bien, y oculta (al menos parcialmente) sus vergüenzas. Además, cuando nos miramos nosotros mismos (incluso cuando nos miramos en el espejo) tenemos una perspectiva parcial, distinta a la que tienen otros que nos miran.

Si a eso le sumamos la tendencia a mirarnos con cierta autoindulgencia (”pues tampoco es para tanto, yo no me veo tan mal”)… resulta que durante gran parte del año vivimos de espaldas a la realidad. Y son las fotos de la playa (sin ropa que disimule, y desde la perspectiva de un observador exterior) las que nos muestran tal y como somos.

Hay quien, todavía, argumenta que “me pillaron en un mal momento” o que “es que ese ángulo no me favorece” o que “esa postura me hace salir peor”. Otra vez la autoindulgencia… pero casi mejor resulta mirar esas fotos de la playa, y tomarlas como un incentivo para cambiar. A ver si las fotos de la playa del año que viene resultan un poco más favorecedoras.

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