Todos los expertos en nutrición coinciden en que no hay que abusar de las grasas ya que, siendo algo necesario para nuestra alimentación, consumidas en exceso tienen efectos perjudiciales. Su poder energético (son una “fuente concentrada de energía”) hace que con poca cantidad ingiramos bastantes calorías que, si no se gastan, acaban por acumularse (siendo además más difíciles de quemar posteriormente).

Pero, teniendo tanto potencial perjudicial, nos encontramos con que… las grasas están buenas. ¿Quién no ha untado el pan en un plato de salsa? ¿Quién puede resistirse a una carne bien infiltrada? ¿O qué decir del olor de la grasa churruscada cuando hacemos una carne a la brasa? ¿O del aceite en crudo? ¿O de los fritos?

Es una paradoja. El instinto (a través de nuestros sentidos) nos dice que es una comida “buena”, aunque racionalmente sepamos que es mala. Y desde luego este hecho no ayuda a controlar la voluntad…

Yo tengo mi teoría al respecto. Imagino que cuando el hombre primitivo tenía que andar sin ropas por el mundo, a la intemperie; y cuando tenía que destinar gran parte de su tiempo a realizar esfuerzos físicos para conseguir alimentarse (bien sea a través de la caza o de la recolección), la ingesta de grasas era algo completamente necesario: el cuerpo necesitaba muchas calorías (para protegerse del frío, para nutrir el esfuerzo físico), y las grasas eran una vía contundente de proporcionárselo. De alguna manera, la evolución fue generando una cierta afinidad del hombre por las grasas, ya que su consumo era necesario para su supervivencia. Quien tuviese aversión por las grasas, difícilmente podría resistir.

Pero el hombre ha evolucionado, socialmente, a un ritmo vertiginoso. En apenas unos miles de años pasamos de ser animales a ser seres civilizados. Y de un tiempo a esta parte, un porcentaje cada vez mayor de seres humanos vive alejado de los dos factores fundamentales de consumo de energía: tenemos ropas para cubrirnos y refugios aclimatados contra el frío; y para alimentarnos basta con bajar al supermercado de abajo (o, en el colmo de la inactividad, nos lo pueden traer a casa). Mientras tanto, nuestros instintos permanecen. Y las grasas nos sigue gustando, como reminiscencia de aquellos seres primitivos, aunque ya no las necesitemos.

No sé si existe alguna teoría científica en este sentido, o algún estudio antropológico que la avale. A mí me suena plausible. Éstas son las cosas que a uno se le ocurren para justificarse de vez en cuando: no soy yo ni mi falta de voluntad, es mi instinto primitivo :D

1 comentario

  1. montignera

    Hola, no sé si alguien te lo ha recomendado ya, pero te aconsejo encarecidamente que te leas alguno de los libros de Montignac (puedes sacarlo de la biblioteca) y dejes de contar calorías.
    A mi me ha dado estupendos resultados, es un método de alimentación en el que COMES (no como con las dietas hipocalóricas) y además te sientes con una energía vitalidad increíbles.
    Léelo, de verdad, y te cambiará la vida.

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