En estos días desde que empecé medianamente en serio con la dieta, he alcanzado una gran conclusión: las rutinas son muy importantes. Y me explico. En el día a día, me resulta razonablemente sencillo seguir la dieta. Te acostumbras a desayunar la leche descremada, a tomarte la manzana a media mañana, a comer comida adaptada a la dieta… hay momentos de debilidad, claro, pero el estar centrado en tus rutinas hace que sean bastante controlables.
El problema viene cuando la rutina se rompe. Y, como me ha sucedido a mí, enganchas con un par de fines de semana largos viajando. En los que comes lo que puedes cuando puedes, en los que hay muchas más tentaciones, en los que vas a un restaurante, etc… Y ahí hacen falta unas cuantas dosis extra de fuerza de voluntad para no pellizcar el pan que te ponen en la mesa (cuando en casa, simplemente, no tienes pan), decir que no al postre (cuando en casa lo que hay es un yogur descremado y ya está), ir a tomar unos pinchos sin tomar pinchos (cuando en casa simplemente no sales de pinchos), etc.
Si uno no tiene demasiada fuerza de voluntad (yo la tengo justita), salir de la rutina es un riesgo demasiado elevado. Así que apetece volver a refugiarse en la rutina cotidiana, en la que las tentaciones disminuyen.
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Pues sí, yo estoy en las mismas ahora que me voy de vacaciones y no voy a poder ir al gimnasio. Pero todo depende de la voluntad. Aunque comas cuando puedes, casi siempre tienes varias alternativas, unas más calóricas que otras.