Ya casi está terminado el ciclo navideño. Quedan nada más los Reyes y su roscón (y su desayuno tradicional), pero ya casi hemos superado esta auténtica maratón contra los buenos hábitos. Y es que por mucho que uno se conciencie (y de eso mejor no hablar, por cierto), la época navideña es una época de descontrol.

Primero, por las comilonas. Y es que en este país (y supongo que en muchos otros), celebración es igual a comilona. Y las navidades, tiempo de celebración. No sólo hablamos de la cena de Nochebuena, o la comida de Navidad, o la cena de Nochevieja, o la comida de Año nuevo… a eso hay que sumarle las “minicelebraciones” con grupos de amigos, compañeros de trabajo… siempre alrededor de la mesa, con su complemento de alcohol.

La cosa se complica en mi caso. Mis padres, y los de mi mujer, viven en ciudades distintas de la nuestra. Y las navidades se convierten en sendos viajes a cada una de las casas. Con unas madres con ganas de “obsequiar” a los hijos pródigos, y qué mejor forma que con unos buenos platos de comida casera para las comidas “de diario”. Si a eso le sumamos unas casas con multitud de tentaciones de esas que en la tuya no te permites (en forma de pan, de cositas para desayunar, de cositas para picar a deshoras, de..), interrupción de las (muchas o pocas) rutinas saludables que tengas, etc… pues ya me contarás… toda una prueba para la voluntad que, en el caso de que no tengas mucha, tiene efectos desastrosos.

Todavía no he hecho la comprobación de daños. Quizás el lunes, cuando todo haya pasado.

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