Leo hoy en El Mundo la historia de Connor McCreaddie, un chaval británico de 8 años y 89 kilos de peso, y que ilustra (quizás de forma extrema) un problema cada vez más generalizado en nuestras sociedades occidentales: la obesidad infantil.

¿Cómo puede llegar un niño a esa situación? Desde mi experiencia, y no sé qué dirán los expertos, es evidente que hay factores genéticos que influyen: he visto gente que, con los mismos hábitos alimenticios o de vida que yo no cogían un kilo ni obligados, mientras que a mí se me venían encima con más facilidad. Pero sin duda, son los hábitos que uno aprende en casa lo que más influye: la relación que uno tenga con la fruta y la verdura, o con los dulces, o con comer entre horas, o con el deporte… todo eso se aprende de pequeño y, es más, influye en cuál es la evolución posterior de la persona.

Educar a un niño no es sólo darle todos los caprichos, también es ponerle límites. Obviamente, cuando uno llega a la situación de Connor, es que no ha tenido límites (no es un chiste fácil) en toda su vida. Y si además ha tenido modelos de conducta equivocados… pues eso.

Quizás sea una de las motivaciones que tengo para perder peso: ahora que tengo un hijo, me gustaría que él viese en casa unos hábitos cuanto más saludables mejor, que sirvan para que él los tome como referencia. Por la parte de la genética me temo que no podré hacer nada, pero por esta otra sí.

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