Ya casi está terminado el ciclo navideño. Quedan nada más los Reyes y su roscón (y su desayuno tradicional), pero ya casi hemos superado esta auténtica maratón contra los buenos hábitos. Y es que por mucho que uno se conciencie (y de eso mejor no hablar, por cierto), la época navideña es una época de descontrol.
Primero, por las comilonas. Y es que en este país (y supongo que en muchos otros), celebración es igual a comilona. Y las navidades, tiempo de celebración. No sólo hablamos de la cena de Nochebuena, o la comida de Navidad, o la cena de Nochevieja, o la comida de Año nuevo… a eso hay que sumarle las “minicelebraciones” con grupos de amigos, compañeros de trabajo… siempre alrededor de la mesa, con su complemento de alcohol.
La cosa se complica en mi caso. Mis padres, y los de mi mujer, viven en ciudades distintas de la nuestra. Y las navidades se convierten en sendos viajes a cada una de las casas. Con unas madres con ganas de “obsequiar” a los hijos pródigos, y qué mejor forma que con unos buenos platos de comida casera para las comidas “de diario”. Si a eso le sumamos unas casas con multitud de tentaciones de esas que en la tuya no te permites (en forma de pan, de cositas para desayunar, de cositas para picar a deshoras, de..), interrupción de las (muchas o pocas) rutinas saludables que tengas, etc… pues ya me contarás… toda una prueba para la voluntad que, en el caso de que no tengas mucha, tiene efectos desastrosos.
Todavía no he hecho la comprobación de daños. Quizás el lunes, cuando todo haya pasado.

El otro día leí resumida la mejor dieta de adelgazamiento del mundo:
Menos plato, y más zapato
:)
No soy (¡creo! aunque visto lo visto con el pan igual estoy equivocado) un gran consumidor de azúcar: hasta hoy suelo tomar un par de cucharaditas para el café del desayuno, y normalmente un par de cucharaditas para el yogur que suele ser el postre de la cena. Pero voy a intentar prescindir de ello también: el café lo suelo tomar poco cargado, por lo que no me amarga tomarlo sin azúcar. En cuanto al yogur, puedo optar por una versión “edulcorada” de fábrica, o bien por tomar yogures de sabores. O, directamente, prescindir del yogur y cambiarlo por fruta (lo que pasa es que me acabo aburriendo de tanta fruta; pero igual es buena idea).
Viendo que el azúcar tiene unas cuatro calorías por gramo y que una cucharilla son 7 gramos, estamos hablando de 28 calorías por cucharilla. O sea, que eliminando esas cuatro cucharillas de azúcar al dia se van 112 calorías…
Bueno, es menos grave que con el pan, pero si se pueden quitar, mejor que sobren que no que falten. Y los carbohidratos, a ingerirlos de otra forma: fruta, pasta, legumbres…
Ya me he confesado adicto panero. Y aunque ya he intentado limitar el consumo de pan por la vía de no comprarlo, creo que no es suficiente. Así que he decidido intentar “dejarlo” del todo.
Actualmente el pan que como viene a ser un par de rebanadas de pan de molde integral en el desayuno, y panecillos integrales durante la comida / cena. Ocasionalmente (igual una vez al mes) compramos una barra o similar. Y luego está el problema de los restaurantes, pero esa es otra historia. Afortunadamente, es algo ocasional.
Me acabo de ir a la cocina a revisar los paquetes de pan de molde y de panecillos tostados. El pan de molde tiene 220 calorías por cada 100 gramos, y 127 por rebanada. Los panecillos suponen 428 (!!) calorías por 100 gramos, y 56 por rebanada. Teniendo en cuenta las dos rebanadas de por la mañana (314 calorías), los 3/4 panecillos de la comida (224 calorías) y los 3/4 de la cena (otras 224…). Ostrás, es que si dejo de comer ese pan… ¡¡¡estaré reduciendo más de 750 calorías diarias!!! Qué barbaridad, ¿no?
Me he quedado estupefacto. ¿Tantas calorías a base de pan? Y yo que pensaba que “como son panecillos…” era menos grave… pues nada, nada, viendo estos números me reafirmo en mi voluntad de no tocarlo. De momento hoy en el desayuno ya no ha entrado.
Publica Consumer un estudio que revela la apabullante presencia de productos no alineados con una alimentación sana en la publicidad emitida en televisión en horario infantil. Sobre una muestra de 6.300 anuncios de productos de alimentación emitidos en la franja horaria en la que los niños son especialmente sensibles, el 44% son de chocolates y derivados, caramelos y golosinas, productos de bollería y pastelería, embutidos, aperitivos, salsas y mahonesas y helados. Productos, todos ellos, que están en contra de todas las recomendaciones relacionadas con la nutrición saludable debido a su alto aporte calórico y su bajo aporte en otros nutrientes elementales como proteínas, vitaminas, minerales o fibra.
Otro gran porcentaje está relacionado con productos que, sin ser directamente negativos, no deben ser objeto de un consumo excesivo: yogures y postres lácteos azucarados, productos lácteos, cereales de desayuno, galletas o quesos. En realidad, sólo un 2% de los anuncios emitidos estaba relacionado directamente con las recomendaciones vinculadas a una dieta saludable: frutas y verduras, pescados, los aceites, los arroces y las pastas.
Son unas cifras realmente contundentes. Y que dan que pensar en los estímulos que se lanzan continuamente a los niños. Está claro que son los padres los que tienen que educar a los hijos en cuanto a la alimentación se refiere, pero si se considera que la obesidad es un problema de salud pública (la epidemia del siglo XXI) quizás habría que intentar ayudar en esa educación en vez de precisamente lo contrario.

Creo que todas las dietas (razonables; las estúpidas no cuentan) del mundo mundial enfatizan la necesidad de incrementar el consumo de frutas y hortalizas. Mínimo cinco raciones diarias.
Las frutas y hortalizas, son alimentos indispensables en nuestra alimentación. Aportan poca energía y son ricas en fibra, vitaminas y minerales, además de poseer fitonutrientes que pueden ofrecer protección frente a enfermedades degenerativas, contribuyendo a una menor mortalidad total y a una mayor expectativa y calidad de vida.
Con su bajo contenido calórico y la sensación de saciedad que provocan ayudan, además, en el proceso de pérdida de peso. La verdad es que en las épocas en que he hecho más esfuerzo por comer fruta y verdura, la cosa se nota. La cuestión es encontrar la rutina adecuada para meter esas raciones. Procuro empezar siempre con una fruta en el desayuno. A media mañana también encaja otra pieza de fruta, o si no una zanahoria que también está buena así en crudo. De postre en la comida, otra fruta. Y por la tarde (aunque esto me cuesta más) otra. Si a eso le sumamos ensaladas, pues ahí andamos. ¡Aunque cinco al día se hace complicado!
Quizás sea más difícil con las hortalizas, ya que para comerlas “en crudo” hay menos posibilidades. Dicen que cocinadas no es lo mismo… pero siempre será mejor que comer cordero
.
Bueno, el título del post no hace justicia… me ENCANTA el pan. Siempre he pensado que es curioso como un producto tan básico puede gustarme tanto. Soy de los que pellizca segun trae las barras a casa, de los que repite pan en los restaurantes… esa corteza, esa miga. Y ese olor a panadería… en fin, que soy “panero”. Lo cual es un inconveniente, claro, si lo que pretende uno es perder kilos. Tanto hidrato de carbono no es bueno. El problema, imagino, no es comer pan, sino el no tener capacidad para autolimitarse el pan.
La primera medida (que lleva en vigor desde hace muchos años) es, directamente, no comprar pan. Para el día a día, en mi casa no se va a la panadería. Porque sé que, si hay pan en casa, me lo como. Así que mejor no tenerlo tentándome.
Aunque no hemos conseguido erradicar todo el pan. Compramos panecillos tostados integrales para acompañar las comidas que, obviamente, no son lo mismo que una barra de pan blanco pero que también tienen lo suyo. Y luego siempre suele haber pan de molde (que si las tostadas de mi mujer, que si el sandwich del niño…). Normalmente yo no lo meto en mi dieta diaria, pero a veces sucumbo a la tentación de coger una rebanada porque sí, a deshoras y sin venir a cuento. Me gustaría que no hubiese un paquete en el armario, pero no vivo solo. Así que tengo que fortalecer mi voluntad para evitar esas caidas…
Todos coinciden en afirmar que, de cara a perder peso, es fundamental realizar actividad física. El sedentarismo de hoy en día hace que, si nos damos cuenta, el consumo de calorías por desgaste físico sea muy limitado.
También es un lugar común el hecho de que un método estupendo de empezar a desarrollar esa actividad física es, simplemente, caminando. No hay nada más sencillo ni más a mano para todo el mundo. La cuestión es tomárselo en serio y establecer unas rutinas que, sin darnos cuenta, incrementen el tiempo dedicado a actividad física de una forma recurrente.
Así que yo me he propuesto que todos los días, después de comer, cuando el sopor me empiece a invadir, en vez de dejarme vencer por la pereza me voy a poner una camiseta y unas zapatillas y voy a salir a caminar. Ayer ya lo hice (1,9 km) y hoy he vuelto a repetir (3,9 km.). La cuestión es coger ritmo y olvidarse de que uno está haciendo ejercicio.
Yo me he puesto los auriculares y he ido escuchando un podcast que me había descargado hace ya tiempo. Cuarenta y algún minutos que ha durado el podcast, y eso es lo que me ha durado el paseo. Ahora, el sopor se me ha pasado y algo de ejercicio a la buchaca.
Esa es la búsqueda que alguien hacía en Google. “Perder peso comiendo de todo”. Sigue habiendo gente que busca el milagro: a ver si existe algo que me permita seguir haciendo mi vida igual y, en vez de engordar, adelgazo. No creo que exista ningún milagro.
Adelgazar es una cuestión “simple”. Es cuestión de cambiar hábitos. De moderar la cantidad de comida, de seleccionar los alimentos y de incluir más actividad física. La receta, como digo, es sencilla. La dificultad estriba en poner esa sencilla receta en práctica. A algunos, con un metabolismo más lento, les costará más perder peso. A otros les irá más rápido. Pero la ecuación es simple: comer mejor y hacer más ejercicio. Milagros, los justos.
Uno de mis grandes problemas son los ataques de comer compulsivamente. Sin saber muy bien por qué, uno hace algo que no debe, con dos resultados perjudiciales: uno, la comida que ingiere y que no debía. Y dos, la culpabilidad por ser consciente de no haber sido capaz de controlarse.
Si uno pasa mucho tiempo en casa, una solución es plantear una barrera defensiva, una especie de cortafuegos, a la altura de la despensa o de la nevera. Mi problema es que, si hay galletas en casa, acabo comiendo las galletas. En general, si hay cualquier cosa que no deba comer (dulces, aperitivos, etc…), acabo comiéndomelo. Así que la solución está en no dejar nunca que haya ese tipo de cosas. Desde luego, no comprarlas uno mismo. En la medida de lo posible, rechazar obsequios relacionados con la comida. Y, en el colmo del derroche, si finalmente se cuela algo pernicioso en casa que sabemos que nos va a tentar antes o después, ser capaces de tirarlo a la basura. Mejor ahí que comido.
Lo importante es que, si en un momento dado nos entra la ansiedad por comer algo, vayamos a la nevera o a la despensa… y no encontremos nada con que saciarla. Quizás acabemos bebiendo medio litro de agua. O comiendo fruta. O subiéndonos por las paredes. Pero si no lo encontramos a la primera, muy fuerte tiene que ser el ataque como para que nos oblige a irnos a una tienda a comprar cualquier cosa. Así que con este cortafuegos libramos un porcentaje importante de las oportunidades.
Por supuesto, la mejor opción sería tener la fuerza de voluntad como para controlarse y poder convivir con esos productos en casa. Pero partimos de la base de que eso no es posible…
Únicamente hay un problema, y es cuando uno no vive solo sino que convive con otra persona que no está sometida a las mismas restricciones… entonces la cosa es más difícil. Pero se puede lograr.




